lunes, 20 de diciembre de 2010

JESUCRISTO EL REVOLUCIONARIO por Abraham Bereshit

                          CAPITULO IV      
           DOCTRINA DE LA REVOLUCIÓN
   

La primera parte de la obra revolucionaria de Jesús se había logrado exitosamente. Ya era conocido y la gente lo veía como un líder poderoso y confiable. Ahora empezaba el trabajo de reclutamiento de hombres y mujeres que pusieran su fe en Él y que estuvieran dispuestos a entregar sus vidas a esta causa. Del grupo de discípulos que ya le seguían, seleccionó a doce hombres, para formar con ellos la primera célula revolucionaria que era la parte visible del Reino de los Cielos aquí en la tierra, era la Iglesia naciente, (Iglesia viene de  Ekklesia que en el idioma griego  quiere decir: “los llamados fuera de”). En este sentido la Iglesia estaría formada por gentes que serian apartadas del mundo para entregar sus vidas a esta causa.   A  esta primera iglesia, a estos doce, Jesús habría de adiestrarlos y capacitarlos para que fueran los precursores de esta revolución espiritual. Jesús trabajaría con ellos hasta imprimir en sus corazones todos los principios básicos de esta Revolución, para que estos principios fueran inamovibles contra toda la tergiversación de conceptos y de principios con que Satanás buscaría en el futuro confundir a la Iglesia.     

El principio fundamental de ésta revolución tiene como base una fe total en la divinidad de Jesucristo. Jesús ya era conocido y era famoso, pero eso no bastaba, Jesús no solo demandaba ser conocido sino ser reconocido como el Hijo de Dios, como Dios mismo. Jesús quería que sus seguidores vieran en el no solo a un gran líder, sino a alguien en quien pudieran tener una fe ciega, que lo vieran como el Todopoderoso como a Dios mismo, ya que lo que El demandaría de ellos serian cosas tan grandes y tan difíciles, que solo creyendo que era Dios mismo quien las pedía, seria posible que las llevaran a cabo. Jesús sabia que en estos primeros seguidores todavía no había una fe tan grande para verlo como Dios. Había que trabajar en ello. Jesús lleva a estos primero seguidores al mar en una barca y provoca una gran tempestad mientras él duerme, los discípulos muy asustados lo despiertan con estas palabras: “! Señor, sálvanos, que perecemos!. El les dijo: ¿Por qué teméis hombres de poca fe?. La Biblia nos dice que Jesús reprendió, esto es regaño, a los vientos y al mar con una autoridad que solo Dios puede tener. Allí ellos comenzaron a creer que Jesús era Dios. Este  principio: Creer en la divinidad de Jesús era  fundamental para poder ser participante de esta revolución.  Quien se acerca a Jesucristo para seguirlo debe de creer que es Dios,  que es el Todopoderoso, que es Infalible, y que es la Verdad, la única verdad. Solo teniendo esta convicción en la deidad de Jesús, es que se podrá dará en el discípulo una obediencia  confiada, aún a cosas nuevas que  su mente al principio tal vez aún no alcance a comprender. Sin esta convicción jamás se podrá llevarse a cabo la revolución espiritual en la vida de nadie.                        

Sobre la base de una fe total en su persona, es como Jesús comenzó a enseñar a estos doce los fundamentos de la doctrina de la Revolución Espiritual. Jesús empieza enseñándoles que todos  los seres humanos que vienen a  este mundo nacen en pecado, esto es que para Dios  aunque carnalmente están vivos, espiritualmente están muertos, o sea que son seres solamente carnales, seres sin espíritu y que por esta razón     nunca podrán llegar a tener ningún tipo de relación con Dios ya que siendo únicamente carnales la relación con un  Dios que es Espíritu, se hace completamente imposible. Por lo tanto se hace necesario que en la vida de todo ser humano que viene a este mundo se opere un cambio interno que lo transforme de un ser una persona carnal, en una persona espiritual que pueda acercarse libremente a Dios para participar de los planes de Dios y hacerse acreedor de su favor. Jesús les enseñó que  esta transformación  era precisamente el objetivo de esta Revolución que él estaba iniciando, y que para que esto fuera posible, él debería vivir una vida santa, sin pecado, que fuera agradable a Dios, para después pagar ante Dios la culpa y el precio del pecado  muriendo en una cruz por el pecado de toda la raza humana, abriendo así una amnistía de perdón de parte de Dios para  que todos los hombres que se unieran con fe y de todo corazón a su causa , iniciando asi una nueva vida en el espíritu. Jesús  también les enseño a estos doce que  ningún ser humano por sabio o justo que fuera tenía la capacidad de llevar a cabo por si mismo la transformación de su naturaleza carnal en una naturaleza espiritual.

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